Muchos productos comienzan con una función. Los que perduran suelen comenzar con una tensión: algo tarda demasiado, se presta a errores o exige conocimiento que vive únicamente en la cabeza de una persona.

Construir desde la operación obliga a trabajar con restricciones reales. El usuario tiene poco tiempo, los datos llegan incompletos y la solución debe convivir con hábitos que no cambiarán de un día para otro.

Esa cercanía con el problema produce decisiones menos espectaculares, pero más útiles. Y la utilidad, sostenida en el tiempo, termina siendo una ventaja difícil de copiar.

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